
Luego de correr, de calentar mi cuerpo y ponerlo a tono, no puedo esperar a que den las doce del día. Es mi primera cita de hoy, con el primero de ellos. Llevo varias horas, desde que desayuné, pensando en él, en su aroma, en su sabor acre en mi garganta, en esa sensación de invasión y de tensa calma que experimento al respirarlo, al tenerlo dentro mío.
Al fin dan las doce. Voy por Rocco para que me acompañe, así aprovecho para sacarlo a pasear una vez más. Mientras caminamos, trato de serenarme e ir tranquila. Es como si el perro sintiera mi excitación porque él también trata de correr. Lo freno jalándole la cuerda y, de alguna manera, esa extraña simbiosis que experimentamos sirve para que al hacerlo yo también refriegue un poco mis instintos. Cada bocanada de aire limpio y fresco en mis pulmones es una nueva invitación a estar con él, a dejarme envolver.
Una vez que he llegado al lugar escogido para nuestra cita lo saboreo sin vergüenza, la gente parece darse cuenta de mi antojo y me mira con sospecha. No me importa, qué saben ellos del placer que estoy a punto de experimentar. Debo llevármelo pronto.
En el camino le cuento todo lo que habré de hacerle una vez que estemos solos y trato de que sienta, a través del contacto con mis dedos, lo que yo siento. Estoy realmente impaciente por tenerlo en mí. Aunque en verdad deseo tener el control, consigo a duras penas hacer que lo crea. Toco sus fibras, su textura, lo siento diluirse en mi mano, pero también lo siento erguido, fresco para mí.
Una vez que llego a mi recámara, lo dejo allí mientras arreglo algunas cosas para que el encuentro sea pleno. Él me espera impaciente por estar en mi boca, por calcinarse lento y entrar en mí. Cierro la puerta y las cortinas porque después de todo es un momento íntimo, totalmente personal.
Cuando al fin estamos a solas y lo tengo entre mis dedos, comienzo es dulce y dolorosa faena de hacerlo mío. Trato de quitarme todas las emociones y dejar todo atrás; al tenerlo en mi boca, ante el primer contacto con él, con su ser erguido, veo como se consume de a poco, con cada embestida; como arde al inhalarlo y como me invade, como penetra en lo más profundo de mí y me embriaga en un vaivén espasmódico, en un lento caer que me arrastra, que me posee y me deja ciega, viva al mismo tiempo.
Al terminar todo, en el límite del paroxismo y con los sentidos al máximo,lo abandono dando la última chupada y exhalando el último suspiro,la última bocanada de él. Se ha terminado y le ayudo amorosamente a apagarse.
Luego del primero, el día se va con demasiada facilidad, siento mi cuerpo vibrante una vez que he recobrado el aliento; la confianza me invade, me siento libre, plena, bajo control, dueña de mí e infinitamente fuerte, valiente y brava. En la calle miro al mundo con arrebato, retándolo. Me siento decidida y capaz de hacer lo que quiera, yo controlo mi vida, soy capaz de cualquier cosa. El segundo puede esperar, me divierto lográndolo. Es deliciosa esa sensación de control, de bienestar. Los hombres me miran al pasar. Me causa furor hacer que volteen, conseguir que posen sus ojos en mí, anhelantes.
Cuando por fin llega la hora del segundo trato de recuperar esa maravillosa sensación del primero, esa expectativa, ese antojo delicioso, esa impaciencia. Aunque disminuido, el deseo está allí; eso sí, cierta calma hace que tenga más control.
De nuevo, tras encontrarme con él y llevarlo conmigo, voy a mi cuarto para poseerlo, para dejarme embriagar por él. Esta vez ya no siento el mismo mareo, controlo más mis reacciones físicas, ya no exploto al primer contacto. No sé si sea menos placentero, es menos excitante.
Me despido del segundo y ni siquiera me tomo la molestia de ayudarle a apagarse, lo dejo caer donde nos quedamos y parto pues me espera el resto de este excitante día.
El último es una dulzura. Es rico pensar que tendré al tercero antes de dormir, que una vez que haya terminado mi trabajo seré recompensada como la niña buena que he sido. Debido a que ya es tarde y no quiero arriesgarme, voy por él a un lugar diferente al de las otras citas, un lugar más cercano.
Nuevamente trato de revivir esa explosión sensorial previa al primero. Esta vez es casi inútil, creo empezar a comprender que no me será difícil dejar ir a este, en realidad ya no sé si se me antoja tanto.
Una vez que hemos terminado, que lo he consumido por completo y que él ha hecho su trabajo en mí, siento un vacío odioso, un sabor amargo, sucio en la boca. Me ha dejado su olor y quiero quitármelo, no lo soporto, me siento cansada.
Antes de dormir pienso en la última bocanada, me pregunto por qué el último cigarrillo fumado en este orden y tras este ritual de antojo y deseo, de conciencia sobre mis pulsiones no me ha sabido tan increíble como el primero. Quizá, como sucede también con las personas, nunca nada es igual al primer encuentro, a la primera vez, a la primera cita. Quizá, al igual que la ceniza que arde y se enfría repentinamente, los fantasmas que me habitan habrán de irse pronto.
Ya no sé si quiero seguir fumando, ya no sé si quiero dejar que las personas se vayan de mi vida en cada bocanada. Por desgracia, que las personas se vayan de mi vida es algo que yo no he elegido, que no está bajo mi control. Por fortuna, el cigarro sí está bajo mi control.

